viernes, 9 de marzo de 2012

Convertíos y creed en el Evangelio

 
Un año más la Santa Madre Iglesia nos ofrece la oportunidad de un tiempo litúrgico fuerte mediante el que se nos invita a convertirnos y creer en el evangelio. Esto, ciertamente, no es un mensaje nuevo. Son palabras del mismo Señor Jesucristo que la Iglesia, sacramento de salvación en medio del mundo, en su misión evangelizadora, ha venido anunciando constantemente a lo largo de su historia.

La conversión no acaba con el bautismo. El cristiano debe aspirar a la santidad de la que en germen ya goza por la gracia sacramental del bautismo. Nuestra tendencia al pecado dificulta que en el día a día vivamos de verdad como auténticos cristianos. Para vivir como tales hemos de cobrar conciencia del pecado y del mal que nos aflige, de la debilidad de nuestra naturaleza y de las tentaciones acechantes a las que nos somete el demonio.

La Sagrada Escritura nos ofrece ejemplos preciosos de conversiones en las que se revela la misericordia infinita de Dios y la capacidad del ser humano para volver a Él. Podríamos recordar la parábola del hijo pródigo o las conversiones impactantes de san Pablo o de nuestra amada Patrona, santa María Magdalena. A lo largo de la historia de la Iglesia grandes santos experimentaron la llamada a la conversión y dieron un vuelco total a sus vidas. Recordemos al pobre de Asís, san Francisco. El encuentro con el Crucificado cambió para siempre su vida. Mientras que a los ojos del mundo era el más pobre, a los ojos de Dios, sin embargo, llego a ser el más rico, puesto que se ganó el amor misericordioso de Cristo.

Todas estas personas se esforzaron por reconocer su propia culpa y volverse hacia el perdón de Dios. Pero la conversión no es sólo tarea humana, es también y en primer lugar una llama de Dios. El “corazón contrito” (Sal 51, 19) de la persona arrepentida es llagado, atraído y movido por la gracia divina, por el amor misericordioso de Dios, por Aquel que nos amó primero (1 Jn, 4, 10). Esto significa que Dios no abandona al pecador a su triste suerte sino que con paciencia y ternura lo va llevando de nuevo por el buen camino. Él nos da fuerzas para comenzar de nuevo. La conversión pasa en primer lugar por descubrir el amor de Dios, que aún siendo nosotros pecadores entregó la vida de su Hijo único en rescate por todos.

Durante la cuaresma, tiempo litúrgico que nos prepara para la celebración del Solemne Triduo Pascual, podemos reiniciar un proceso de conversión en nuestras vidas que pasa por romper el inmovilismo y el acomodamiento que nos impide crecer como creyentes. No podemos conformarnos con lo poco, sino que hemos de aspirar a lo máximo, nuestra propia salvación.

Todo empieza por reconocernos tal y como somos, dolernos por nuestras culpas, arrepentirnos de todo corazón, desear el perdón de Dios, acercarnos al sacramento de la Penitencia, cumplir la penitencia impuesta y procurar enmendar la culpa cometida. El ayuno, la oración y la limosna, bien entendidos, constituyen las armas espirituales que especialmente en el tiempo cuaresmal podemos practicar para convertirnos y creer en el evangelio. Descubrir la importancia del sacramento de la Penitencia (la Confesión) y de la Eucaristía, Sacramento de la Redención, posibilita el encuentro impactante con el amor misericordioso de Dios que no se olvida de la oveja descarriada sino que va en su busca, la desata de los espinos que la cautivan y se la echa sobre los hombros con amoroso cuidado.

Que Cristo Buen Pastor llague con el cayado de su cruz nuestro corazón y nos haga experimentar su amor insondable que mueve a la conversión y suscita la fe.

Que la Divina Pastora, Madre del Cordero de Dios quita el pecado del mundo, nos reconduzca por los senderos de la salvación que suben al Risco elevado de la santidad.

Don Álvaro Román Villalón
Párroco de Santa María Magdalena y Director Espiritual de la Hermandad

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