martes, 21 de octubre de 2014

VII concurso de fotografías "Hermandad del Santo Entierro"

La Junta de Gobierno de la Hermandad del Santo Entierro de Arahal junto con el Grupo Joven de la misma, convocan la séptima edición del concurso de fotografías "Hermandad del Santo Entierro".

Se establecen 3 categorías de fotografías sobre la Hermandad: Estación de Penitencia, Cultos e Imágenes, y Detalles. La participación es libre para todo aficionado o profesional, sea o no hermano, y siempre siguiendo los criterios establecidos en las bases que a continuación exponemos:



BASES

1. Podrá participar cualquier persona, fotógrafo aficionado o profesional, sea o no hermano de la Hermandad.

2. El espíritu del concurso es destacar fotográficamente los valores de nuestra Hermandad y de  nuestros Titulares, en cualquiera de sus aspectos.

3. El formato fotográfico será de unas dimensiones mínimas de 3,2 mega pixels, en blanco y negro, sepia o color. Las fotografías deberán presentar buen estado, ser originales y exclusivas del autor, no pudiendo participar aquellas que hayan sido publicadas o difundidas, y estas deberán estar libres de derechos que puedan detentar terceros. No se admitirán "collages" ni montajes fotográficos manipulados digitalmente que modifiquen la integridad de la citada imagen.

4. El plazo de presentación de fotografías comienza el jueves 23 de octubre finalizando el viernes 21 de noviembre, ambos inclusive. Las mismas serán entregadas presencialmente en la secretaría de la Hermandad sita en la Iglesia de San Roque en la forma que a continuación se detalla, los jueves y viernes por la tarde en horario de 19:00 a 21:00 horas Serán admitidas todas las fotografías entregadas en el plazo indicado.

5. Deberán entregarse dos sobres en cuyo exterior se indique exclusivamente un seudónimo del autor y en el interior contenga:
-Sobre 1: Soporte digital que albergue las fotografías, indicando el título de las mismas y la categoría en la que concursa.
-Sobre 2: Nota que incluya los datos personales del autor [nombre, apellidos, teléfono de contacto, correo electrónico…]

6. Se admitirán como máximo 3 fotografías por autor y categoría, es decir, un máximo de nueve fotos por autor.

7. La inscripción a este concurso es gratuita.

8. El Jurado estará formado por miembros de la Junta de Gobierno y el Grupo Joven de la Hermandad. Su decisión será inapelable, pudiendo declarar desiertos los premios. El fallo se dará a conocer el jueves 4 de diciembre en la Iglesia de San Roque a la conclusión de la Misa de Hermandad, a las 21:00 horas, donde se entregarán los premios tras una proyección audiovisual con todas las fotografías presentadas.

9. La  Hermandad se reserva el derecho de utilizar las fotografías presentadas, en cualquier formato.

10. Se establecen las siguientes categorías:
Estación de Penitencia: Fotografías tomadas durante nuestra Estación de Penitencia y en cualquier ámbito de ésta.
Cultos e Imágenes: Fotografías de las Imágenes Titulares tomadas en el interior del Templo o durante nuestros Cultos.
Detalles: Fotografías que plasmen cualquier detalle o imagen singular de nuestra Hermandad. No se admitirán en esta categoría aquellas fotografías en las que se muestre el rostro de Nuestras Sagradas Imágenes Titulares, debiendo ser presentadas en la categoría “Cultos e Imágenes”.

11. El premio para las tres categorías consistirá en un detalle conmemorativo a los participantes con fotografías ganadoras o finalistas así como un recuerdo para todos los participantes. Las fotografías ganadoras y finalistas se utilizarán para ilustrar las distintas publicaciones de la Hermandad.

12. Las bases de este concurso han sido establecidas por la Junta de Gobierno de la Hermandad.

13. La participación en el concurso supone la conformidad y aceptación de las presentes bases. Cualquier circunstancia no prevista en las presentes bases será resuelta por el Jurado.

14. El incumplimiento de cualquiera de los puntos contenidos en las presentes bases determinará la descalificación inmediata del concursante.

A través de la dirección de correo electrónico de la Hermandad (santoentierroarahal@gmail.com) pueden realizarse las consultas necesarias en torno a la participación en esta séptima edición del concurso de fotografías "Hermandad del Santo Entierro".

domingo, 19 de octubre de 2014

En la solemnidad de San Pedro de Alcántara

Coincidiendo con su solemnidad, acompañamos esta entrada de blog con una interesante biografía de San Pedro de Alcántara, cuya imagen -una de las más valiosas artísticamente de cuantas recibe culto en el templo de San Roque- preside uno de los retablos del crucero.

San Pedro de Alcántara (1499-1562)
19 de octubre

Era el año del Señor de 1494 [o más bien: 1499] cuando en la Extremadura Alta, en la villa de Alcántara, nacía del gobernador don Pedro Garabito y de la noble señora doña María Villela de Sanabria un varón cuya vida había de ser un continuo milagro y un mensaje espiritual de Dios a los hombres, porque no iba a ser otra cosa sino una potente encarnación del espíritu en cuanto ello lo sufre la humana naturaleza. Ocurrió cuando España entera vibraba hasta la entraña por la fuerza del movimiento contrarreformista. Era el tiempo de los grandes reyes, de los grandes teólogos, de los grandes santos. En el cielo de la Iglesia española y universal fulgían con luz propia Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz, Francisco Solano, Javier... Entre ellos el Santo de Alcántara había de brillar con potentísima e indiscutible luz.

Había de ser santo franciscano. La liturgia de los franciscanos, en su fiesta, nos dice que, si bien «el Seráfico Padre estaba ya muerto, parecía como si en realidad estuviese vivo, por cuanto nos dejó copia de sí en Pedro, al cual constituyó defensor de su casa y caminó por todas las vías de su padre, sin declinar a la derecha ni hacia la izquierda». Todo el que haya sentido alguna vez curiosidad por la historia de la Orden de San Francisco, se encontrará con un fenómeno digno de ponderación, que apenas halla par en la historia de la Iglesia: iluminado por Dios, se apoderó el Santo de Asís del espíritu del Evangelio y lo plasmó en una altísima regla de vida que, en consecuencia, se convierte en heroísmo. Este evangelio puro, a la letra, es la cumbre de la espiritualidad cristiana y hace de los hombres otros tantos Cristos, otros tantos estigmatizados interiores; pero choca también con la realidad de la concupiscencia y pone al hombre en un constante estado de tensión, donde las tendencias hacia el amor que se crucifica y hacia la carne que reclama su imperio luchan en toda su desnuda crudeza. Por eso ya en la vida de San Francisco se observa que su ideal, de extraordinaria potencia de atracción de almas sedientas de santidad, choca con las debilidades humanas de quienes lo abrazan. Y las almas, a veces, ceden en puntos de perfección, masivamente, en grandes grupos, y parece, sin embargo, como si el espíritu del fundador hubiese dejado en ellas una simiente de perpetuo descontento, una tremenda ansia de superación, y constantemente, apenas la llama del espíritu ha comenzado a flaquear, se levanta el espíritu hecho llama en otro hombre y comienza un movimiento de reforma. Nuestro Santo fue, de todos esos hombres, el más audaz, el más potente y el más avanzado. Su significación es, por tanto, doble: es reformador de la Orden y, a través de ella, de la Iglesia universal.

San Francisco entendió la santidad como una identificación perfecta con Cristo crucificado y trazó un camino para ir a Él. El itinerario comienza por una intuición del Verbo encarnado que muere en cruz por amor nuestro, moviendo al hombre a penitencia de sus culpas y arrastrándole a una estrecha imitación. Así introduce al alma en una total pobreza y renuncia de este mundo, en el que vivirá sin apego a criatura alguna, como extranjera y peregrina; de aquí la llevará a desear el oprobio y menosprecio de los hombres, será humilde; de aquí, despojada ya de todo obstáculo, a una entrega total al prójimo, en purísima caridad fraterna. Ya en este punto el hombre encuentra realizada una triple muerte a sí mismo: en el deseo de la posesión y del goce, en la propia estima, en el propio amor. Entonces ha logrado la perfecta identificación con el Cristo de la cruz. Esto, en San Francisco, floreció en llagas, impresas por divinas manos en el monte de la Verna. Y, cuando el hombre se ha configurado así con el Redentor, su vida adquiere una plenitud insospechada de carácter redentivo, completando en sí los padecimientos de Cristo por su Iglesia; se hace alma víctima y corredentora por su perfecta inmolación. Cuando el alma se ha unido así con Cristo ha encontrado la paz interior consumada en el amor y sus ojos purificados contemplan la hermosura de Dios en lo creado; queda internamente edificada en sencilla simplicidad; vive una perpetua y perfecta alegría, que es sonrisa de cruz. Es franciscana.

Por estos caminos, sin declinar, iba a correr nuestro Santo de Alcántara. Nos encontramos frente a una destacadísima personalidad religiosa, en la que no sabemos si admirar más los valores humanos fundamentales o los sobrenaturales añadidos por la gracia. San Pedro fue hombre de mediana estatura, bien parecido y proporcionado en todos sus miembros, varonilmente gracioso en el rostro, afable y cortés en la conversación, nunca demasiada; de exquisito trato social. Su memoria fue extraordinaria, llegando a dominar toda la Biblia; ingenio agudo; inteligencia despejadísima y una voluntad férrea ante la cual no existían los imposibles y que hermanaba perfectamente con una extrema sensibilidad y ternura hacia los dolores del prójimo. Es de considerar cómo, a pesar de su extrema dureza, atraía de manera irresistible a las almas y las empujaba por donde quería, sin que nadie pudiese escapar a su influencia. Cuando la penitencia le hubo consumido hasta secarle las carnes, en forma de parecer –según testimonio de quienes le trataron– un esqueleto recién salido del sepulcro; cuando la mortificación le impedía mirar a nadie cara a cara, emanaba de él, no obstante, una dulzura, una fuerza interior tal, que inmediatamente se imponía a quien le trataba, subyugándole y conduciéndole a placer.

Sus padres cuidaron esmeradamente de su formación intelectual. Estudió gramática en Alcántara y debía de tener once o doce años cuando marchó a Salamanca. Allí cursó la filosofía y comenzó el derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. Tornó a su villa natal en vacaciones, y entonces coincidieron las dudas sobre la elección de estado con un período de tentaciones intensas. Un día el joven vio pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas si cumplidos los dieciséis años y tomando el hábito en el convento de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara, en la raya portuguesa, año de 1515.

Fray Juan de Guadalupe había fundado en 1494 una reforma de la Orden conocida comúnmente con el nombre de la de los descalzos. Esta reforma pasó tiempos angustiosos, combatida por todas partes, autorizada y suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura y más tarde provincia descalza de San Gabriel. Exactamente el año en que San Pedro tomó el santo hábito.

La vida franciscana de éste fue precedida por larga preparación. Desde luego que nos enfrentamos con un individuo extraordinario. De él puede decirse con exactitud que Dios le poseyó desde el principio de sus vías. A los siete años de edad era ya su oración continua y extática; su modestia, sin par. En Salamanca daba su comida de limosna, servía a los enfermos, y era tal la modestia de su continente que, cuando los estudiantes resbalaban en conversaciones no limpias y le veían llegar, se decían: «El de Alcántara viene, mudemos de plática».

Claro está que solamente la entrada en religión, y precisamente en los descalzos, podía permitir que la acción del espíritu se explayase en su alma. Cuando San Pedro, después de haber pasado milagrosamente el río Tiétar, llamó a la puerta del convento de los Majarretes, encontró allí hombres verdaderamente santos, probados en mil tribulaciones por la observancia de su ideal altísimo, pero pronto les superó a todos. En él estaba manifiestamente el dedo de Dios.

Apenas entrado en el noviciado se entregó absolutamente a la acción de la divina gracia. Fue nuestro Santo ardiente amador y su vida se polarizó en torno a Dios, con exclusión de cualquier cosa que pudiese estorbarlo. El misterio de la Santísima Trinidad, donde Dios se revela viviente y fecundo; la encarnación del Verbo y la pasión de Cristo; la Virgen concebida sin mancha de pecado original, eran misterios que atraían con fuerza irresistible sus impulsos interiores. Ya desde el principio más bien pareció ángel que hombre, pues vivía en continua oración. Dios le arrebataba de tal forma que muchas veces durante toda su vida se le vio elevarse en el aire sobre los más altos árboles, permanecer sin sentido, atravesar los ríos andando sin darse cuenta por encima de sus aguas, absorto en el ininterrumpido coloquio interior. Como consecuencia que parece natural, ya desde el principio se manifestó hombre totalmente muerto al mundo y al uso de los sentidos. Nunca miró a nadie a la cara. Sólo conocía a los que le trataban por la voz; ignoraba los techos de las casas donde vivía, la situación de las habitaciones, los árboles del huerto. A veces caminaba muchas horas con los ojos completamente cerrados y tomaba a tientas la pobre refacción.

Gustaba tener huertecillos en los conventos donde poder salir en las noches a contemplar el cielo estrellado, y la contemplación de las criaturas fue siempre para su alma escala conductora a Dios.

Como es lógico, esta invasión divina respondía a la generosidad con que San Pedro se abrazara a la pobreza real y a la cruz de una increíble mortificación. Esta fue tanta que ha pasado a calificarle como portento, y de los más raros, en la Iglesia de Cristo. Ciertamente parece de carácter milagroso y no se explica sin una especial intervención divina.

Si en la mortificación de la vista había llegado, cual declaró a Santa Teresa, al extremo de que igual le diera ver que no ver, tener los ojos cerrados que abiertos, es casi increíble el que durante cuarenta años sólo durmiera hora y media cada día, y eso sentado en el suelo, acurrucado en la pequeña celda donde no cabía estirado ni de pie, y apoyada la cabeza en un madero. Comía, de tres en tres días solamente, pan negro y duro, hierbas amargas y rara vez legumbres nauseabundas, de rodillas; en ocasiones pasaba seis u ocho días sin probar alimento, sin que nadie pudiese evitarlo, pues, si querían regalarle de forma que no lo pudiese huir, eran luego sus penitencias tan duras que preferían no dar ocasión a ellas y le dejaban en paz.

Llevó muchísimos años un cilicio de hoja de lata a modo de armadura con puntas vueltas hacia la carne. El aspecto de su cuerpo, para quienes le vieron desnudo, era fantástico: tenía piel y huesos solamente; el cilicio descubría en algunas partes el hueso y lo restante de la piel era azotado sin piedad dos veces por día, hasta sangrar y supurar en úlceras horrendas que no había modo de curar, cayéndole muchas veces la sangre hasta los pies. Se cubría con el sayal más remendado que encontraba; llevaba unos paños menores que, con el sayal, constituían asperísimo cilicio. El hábito era estrecho y en invierno le acompañaba un manto que no llegaba a cubrir las rodillas. Como solamente tenía uno, veíase obligado a desnudarse para lavarlo, a escondidas, y tornaba a ponérselo, muchas veces helado, apenas lo terminaba de lavar y se había escurrido un tanto. Cuando no podía estar en la celda por el rigor del frío solía calentarse poniéndose desnudo en la corriente helada que iba de la puerta a la ventana abiertas; luego las cerraba poco a poco, y, finalmente, se ponía el hábito y amonestaba al hermano asno para que no se quejase con tanto regalo y no le impidiese la oración.

Su aspecto exterior era impresionante, de forma que predicaba solamente con él: la cara esquelética; los ojos de fulgor intensísimo, capaces de descubrir los secretos más íntimos del corazón, siempre bajos y cerrados; la cabeza quemada por el sol y el hielo, llena de ampollas y de golpes que se daba por no mirar cuando pasaba por puertas bajas, de forma que a menudo le iba escurriendo la sangre por la faz; los pies siempre descalzos, partidos y llagados por no ver dónde los asentaba y no cuidarse de las zarzas y piedras de los caminos.
San Pedro era víctima del amor de Dios más ardiente y su cuerpo no había florecido en cinco llagas como San Francisco, sino que se había convertido en una sola, pura, inmensa. Su vida entera fue una continua crucifixión, llenando en esta inmolación de amor por las almas las exigencias más entrañables del ideal franciscano.

No es de extrañar, claro está, que su vista no repeliese. Juntaba al durísimo aspecto externo una suavidad tal, un profundo sentido de humana ternura y comprensión hacia el prójimo, una afabilidad, cortesía de modales y un tal ardor de caridad fraterna, que atraía irresistiblemente a los demás, de cualquier clase y condición que fuesen. Es que el Santo era todo fuerza de amor y potencia de espíritu. Aborrecía los cumplimientos, pero era cuidadoso de las formas sociales y cultivaba intensamente la amistad. Tuvo íntima relación con los grandes santos de su época: San Francisco de Borja, quien llamaba «su paraíso» al convento de El Pedroso donde el Santo comenzó su reforma; el beato Juan de Ribera, Santa Teresa de Jesús, a quien ayudó eficazmente en la reforma carmelitana y a cuyo espíritu dio aprobación definitiva. Acudieron a él reyes, obispos y grandes. Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor, negándose a ello por humildad y por desagradarle el género de vida consiguiente. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos. A todos imponía su espíritu noble y ardiente, su conocimiento del mundo y de las almas, su caridad no fingida.

Secuela de todo esto fue la eficacia de su intenso apostolado. San Pedro de Alcántara es un auténtico santo franciscano y su vida lo menos parecido posible a la de un cenobita. Como vivía para Dios completamente no le hacía el menor daño el contacto con el mundo. A pesar de ello le asaltaron con frecuencia graves tentaciones de impureza, que remediaba en forma simple y eficaz: azotarse hasta derramar sangre, sumergirse en estanques de agua helada, revolcarse entre zarzas y espinas. Desde los veinticinco años, en que por obediencia le hacen superior, estuvo constantemente en viajes apostólicos. Su predicación era sencilla, evangélica, más de ejemplo que de palabra. En el confesonario pasaba horas incontables y poseía el don de mover los corazones más empedernidos. Fue extraordinario como director espiritual, ya que penetraba el interior de las almas con seguro tino y prudencia exquisita: así fue solicitado en consejo por toda clase de hombres y mujeres, lo mismo gente sencilla de pueblo que nobles y reyes; igual teólogos y predicadores que monjas simples y vulgo ignorante. Amó a los niños y era amado por ellos, llegando a instalar en El Pedroso una escuelita donde enseñarles. Predicó constantemente la paz y la procuró eficazmente entre los hombres.

Dios confirmó todo esto con abundancia de milagros: innumerables veces pasó los ríos a pie enjuto; dio de comer prodigiosamente a los religiosos necesitados; curó enfermos; profetizó; plantó su báculo en tierra y se desarrolló en una higuera que aún hoy se conserva; atravesó tempestades sin que la lluvia calara sus vestidos, y en una de nieve ésta le respetó hasta el punto de formar a su alrededor una especie de tienda blanca. Y sobre todas estas cosas el auténtico milagro de su penitencia.

Aún, sin embargo, nos falta conocer el aspecto más original del Santo: su espíritu reformador. No solamente ayuda mucho a Santa Teresa para implantar la reforma carmelitana; no se contenta con ayudar a un religioso a la fundación de una provincia franciscana reformada en Portugal, sino que él mismo funda con licencia pontificia la provincia de San José, que produjo a la Iglesia mártires, beatos y santos de primera talla. Si bien él mismo había tomado el hábito en una provincia franciscana austerísima, la de San Gabriel, quiso elevar la pobreza y austeridad a una mayor perfección, mediante leyes a propósito y, sobre todo, deseó extender por todo el mundo el genuino espíritu franciscano que llevaba en las venas, cosa que, por azares históricos, estaba prohibido a la dicha provincia de San Gabriel, que sólo podía mantener un limitado número de conventos. Con muchas contradicciones dio comienzo a su obra en 1556, en el convento de El Pedroso, y pronto la vio extendida a Galicia, Castilla, Valencia; más tarde China, Filipinas, América. Los alcantarinos eran proverbio de santidad entre el pueblo y los doctos por su vida maravillosamente penitentes. Dice un biógrafo que vivían en sus conventos –diminutos, desprovistos de toda comodidad– una vida que más bien tenía visos de muerte. Cocinaban una vez por semana, y aquel potaje se hacía insufrible al mejor estómago. Sus celdas parecían sepulcros. La oración era sin límites, igual que las penitencias corporales. Y si bien es cierto que las constituciones dadas por el Santo son muy moderadas en cuanto a esto, sin exigir mucho más allá que las demás reformas franciscanas conocidas, no se puede dudar que su poderosísimo espíritu dejó en sus seguidores una imborrable huella y un deseo extremo de imitación. Y es sorprendente el genuino espíritu franciscano que les comunicó, ya que tal penitencia no les distanciaba del pueblo, antes los unía más a él. Construían los conventos junto a pueblos y ciudades, mezclándose con la gente a través del desempeño del ministerio sacerdotal, en la ayuda a los párrocos, enseñanza a los niños; siempre afables y corteses, penitentes y profundamente humanos.

El 18 de octubre de 1562 murió en el convento de Arenas.

La Santa de Avila vio volar su alma al cielo y la oyó gozarse de la gloria ganada con su excelsa penitencia. El Santo moría en paz. Dejaba una obra hecha: una escuela de santos, un colegio de almas intercesoras y víctimas por las culpas del mundo. Sus penitencias llegaron a parecer a algunos «locuras y temeridades de hombre desesperado»; las gentes le tuvieron muchas veces por loco al ver los extremos a que le llevaba su vida de contemplación. Sólo que, como muy gentilmente aclaró a sus monjas Santa Teresa, aquellas locuras del bendito fray Pedro eran precisamente locuras de amor. Cuando Cristo ama intensamente a un alma no descansa hasta clavarla consigo en la cruz. Cuando un alma ama a Cristo no desea sino compartir con Él los mismos dolores, oprobios y menosprecios. La vocación franciscana es, recordémoslo, una vocación de amor crucificado y San Pedro supo vivirla con plenitud. Su penitencia venía condicionada por su papel corredentivo en la Iglesia de Dios y, si no a todos es dado imitarla materialmente, sí es exigido amar como él amó y desprenderse por amor, y al menos en espíritu, de las cosas temporales, abrazándose a la cruz.

Pedro de Alcántara Martínez, OFM,
San Pedro de Alcántara,
en Año Cristiano, Tomo IV, Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 152-160.

lunes, 13 de octubre de 2014

Don Ignacio del Rey Molina, meditador del Stabat Mater ante el Santísimo Cristo Yacente y la Santísima Virgen de los Dolores

Foto: Arte Sacro
Un año más, la Hermandad del Santo Entierro celebrará en el mes de Noviembre en un ambiente de recogimiento, la meditación del Stabat Mater ante las Sagradas Imágenes de la Santísima Virgen de los Dolores y el Santísimo Cristo Yacente, estando en esta ocasión a cargo del joven cofrade sevillano don Ignacio del Rey Molina, Pregonero Universitario de 2013.

Ignacio del Rey es, actualmente, estudiante de Grado en Ciencias Políticas y de la Administración de la Facultad de Derecho de la Universidad Pablo de Olavide. A pesar de su juventud, destaca su vinculación con las Hermandades sevillanas, especialmente con las del Silencio, Baratillo, Sacramental del Sagrario, Salud de San Isidoro y Rocío de Triana, de las cuales es hermano. En la actualidad, desarrolla su labor como Diputado dentro de la Junta de Gobierno de la Hermandad del Silencio.

Desde muy joven mostró su interés en la creación literaria, no en vano, ha pronunciado varios pregones y conferencias entre los que cabe destacar el Pregón de la Juventud del Baratillo (2009), Pregón del Martes Santo (2011), Pregón de la Esperanza de Triana (2012), Oración del Estudiante en el Quinario al Santísimo Cristo de la Buena Muerte (Los Estudiantes) 2012, destacando su magnífica intervención en el Pregón Universitario 2013, organizado por la Hermandad de los Estudiantes.

viernes, 10 de octubre de 2014

María Auxiliadora y San Juan Bosco en la Iglesia de San Roque

Desde hace unos días, se encuentran ubicadas junto al altar de San Francisco de Asís, las imágenes de María Auxiliadora y San Juan Bosco que reciben culto en la Iglesia de San Roque. Hace unos meses, dichas imágenes fueron trasladadas a nuestra sede canónica por parte de los Antiguos Alumnos Salesianos de Arahal, encontrándose en la actualidad en su ubicación definitiva para recibir las oraciones de sus fieles y devotos.


Fotos: Archivo Hermandad

lunes, 29 de septiembre de 2014

Octubre. Misa de Hermandad


El próximo jueves 2 de octubre, se celebra en la Iglesia de San Roque a las 20:00 horas, Misa de Hermandad por el eterno descanso de los hermanos difuntos de la misma. A las 19:30 horas, rezo del Santo Rosario a la Santísima Virgen de los Dolores. 

Aprovechamos para recordar que todos los viernes en horario de 18:30 a 21:00 horas, la Iglesia de San  Roque permanece abierta para que todos los fieles y devotos puedan orar ante Nuestros Sagrados Titulares.

jueves, 25 de septiembre de 2014

"En España se quita la vida a unos trescientos veinte seres humanos cada día del año por medio del aborto"

Jueves, 25 de septiembre de 2014

El obispo auxiliar de Sevilla, mons. Santiago Gómez Sierra, ha mostrado su “profunda tristeza y decepción al saber que el gobierno de la nación desiste de la reforma sustancial de la ley del aborto”.
El prelado ha afirmado que se trata de un paso más en la promoción de lo que denomina “la cultura del descarte”, y lo ha explicado con una referencia al Papa Francisco, que ha subrayado que los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».
Mons. Gómez Sierra ha realizado estas declaraciones en la homilía de la Eucaristía con motivo de la fiesta de la Merced, patrona de las Instituciones Penitenciarias, que se ha celebrado la mañana del miércoles en la basílica de la Macarena. Ha afirmado que “es un sarcasmo que se presenta como progresista pretendiendo resolver los problemas de la mujer u otros eliminando una vida humana; y en España se quita la vida a unos trescientos veinte seres humanos cada día del año por medio del aborto. Es una trágica realidad –añadió- ante la que toda persona de buena voluntad, creyente o no, tiene la obligación de reaccionar”.
En esta línea, el obispo auxiliar ha subrayado que “entre los débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes se niega su dignidad humana, quitándoles la vida y manteniendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo”.
Foto: Conferencia Episcopal Española

Palabras para los privados de libertad
En referencia a la festividad de Instituciones penitenciarias, mons. Gómez Sierra ha destacado que "hoy en las cárceles viven hombres y mujeres privados temporalmente de libertad, pero no de su dignidad humana. Son personas en debilidad que necesitan ayuda, compañía, recursos para poder reintegrarse de nuevo en la sociedad como ciudadanos libres".

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Lotería de Navidad


Desde hace unos días, se encuentra a la venta la lotería de Navidad de la Hermandad. En esta ocasión el número es el 47243, pudiendo adquirirse a través de los miembros de la Junta de Gobierno, la Administración de Lotería de Arahal así como en diferentes puntos de venta repartidos por la localidad.

Aprovechamos para recordar que la Hermandad juega mensualmente un número de la Lotería Nacional que se puede adquirir del mismo modo.

martes, 16 de septiembre de 2014

¿Quieres aprender a obedecer? Mira a María a los pies de la Cruz


VATICANO, 15 Sep. 14 / 09:59 am (ACI/EWTN Noticias)

En la Misa matutina celebrada en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco reflexionó sobre el último ejemplo de obediencia demostrado por María al pie de la Cruz, “firme en seguir a su Hijo en el sufrimiento”.

Así lo expresó el Pontífice en la fiesta de la Bienaventurada Virgen Dolorosa. Indicó que la Liturgia, después de habernos mostrado la Cruz gloriosa, nos hace ver a la Madre humilde y mansa.

En la Carta a los hebreos “Pablo subraya tres palabras fuertes”, cuando dice que Jesús “aprendió, obedeció y padeció”. “Es lo contrario de lo que había sucedido a nuestro padre Adán, que no quiso aprender lo que el Señor mandaba, que no quiso padecer ni obedecer”. Jesús, en cambio, aun siendo Dios, “se despojó, se humilló a sí mismo haciéndose siervo. Ésta es la gloria de la Cruz de Jesús”.

“Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre, y siendo hombre, caminar con los hombres. Vino al mundo para obedecer, y obedeció. Pero esta obediencia la aprendió del sufrimiento. Adán salió del Paraíso con una promesa, la promesa que iba adelante durante tantos siglos”.

“Hoy, con esta obediencia, con este aniquilarse a sí mismo, humillarse, de Jesús, esa promesa devuelve esperanza. Y el pueblo de Dios camina con esperanza cierta. También la Madre, ‘la nueva Eva’, como la llama el mismo Pablo, participa en este camino del Hijo: aprendió, sufrió y obedeció. Y se convierte en Madre”.

El Evangelio, explicó el Papa, nos muestra a María a los pies de la Cruz, desde la cual Jesús dice a Juan “He aquí tu madre”. De esta manera, María “es ungida Madre”:

“Y esta es también nuestra esperanza. Nosotros no somos huérfanos, tenemos Madres: la Madre María. Pero también la Iglesia es Madre y también la Iglesia es ungida Madre cuando recorre el mismo camino de Jesús y de María: el camino de la obediencia, el camino del sufrimiento; y cuando tiene esa actitud de aprender continuamente el camino del Señor. Estas dos mujeres – María y la Iglesia – llevan adelante la esperanza que es Cristo, nos dan a Cristo, generan a Cristo en nosotros. Sin María, no habría existido Jesucristo; sin la Iglesia no podemos ir adelante”.

“Dos mujeres y dos Madres” y junto a ellas nuestra alma, que como decía el monje Isaac, abad de Stella, “es femenina” y se asemeja “a María y a la Iglesia”.

El Papa dijo que “hoy, viendo a esta mujer ante la Cruz, firme en seguir a su Hijo en el sufrimiento para aprender la obediencia, al verla vemos a la Iglesia y vemos a nuestra Madre”.

“Y también vemos nuestra pequeña alma que no se perderá jamás, si sigue siendo también una mujer cercana a estas dos grandes mujeres que nos acompañan en la vida: María y la Iglesia. Y así como nuestros Padres del Paraíso salieron con una promesa, hoy nosotros podemos ir adelante con una esperanza: la esperanza que nos da nuestra Madre María, firme ante la Cruz, y nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica”, afirmó.

I centenario de la Solemnidad de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de Septiembre

Foto: Andrés García

Desde la Edad Media se había establecido una fiesta el V Viernes de Cuaresma a la Virgen al pie de la cruz, extendida a toda la Iglesia en 1714. Una segunda celebración en torno a los Dolores de Nuestra Señora surge también al calor de la Orden de los Siervos de María, pero en este caso considerando globalmente los sufrimientos de la Virgen a lo largo de toda su vida por su íntima asociación a la Obra de la Redención, y no sólo centrándose en el Calvario, aunque éste fuera el momento culminante.
En la reforma litúrgica del Pontífice Pío X Sarto en 1914, “para fomentar el culto de la Virgen Dolorosa y la devoción y la gratitud de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora del género humano” y con el fin de despejar el ciclo dominical, se fijó el quince de septiembre, día en que ya se celebraba en el rito ambrosiano por no tener octava la fiesta de la Natividad de la Virgen, haciendo pareja con la del día anterior: la Exaltación de la Santa Cruz. 
Contemplamos desde la perspectiva de la glorificación los frutos de la Redención de la pareja salvadora, Cristo Nuevo Adán y María Nueva Eva. En palabras de Pablo VI, es “ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar junto con el Hijo exaltado en la Cruz a la Madre que comparte su dolor”.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Septiembre. Misa de Hermandad


El próximo jueves 11 de septiembre, se celebra en la Iglesia de San Roque a las 21:00 horas, Misa de Hermandad por el eterno descanso de los hermanos difuntos de la misma. A las 20:30 horas, rezo del Santo Rosario a la Santísima Virgen de los Dolores. 

Aprovechamos para recordar que todos los viernes en horario de 19:00 a 21:30 horas, la Iglesia de San  Roque permanece abierta para que todos los fieles y devotos puedan orar ante Nuestros Sagrados Titulares.