jueves, 29 de agosto de 2013

Una cuestión mundial

A primera vista la imagen es casi idílica: una joven familia —padre y madre que estrecha a un niñito— se adentra, a lomos de un asno, en un paisaje desértico. La escueta nota a pie de foto describe, en cambio, sin necesidad de comentarios, una tragedia que parece sin fin: son prófugos que dejan Siria en dirección a Irak para ponerse a salvo de un conflicto ya demasiado largo y feroz, pero que podría agravarse aún más por elecciones cuyas consecuencias son imprevisibles.

Huída a Egipto. Jacopo Bassano
La foto hecha en el desierto sirio parece también una atormentadora y dramática representación moderna de otra fuga: la de la pequeña familia de Jesús a Egipto para librarse del odio de Herodes, descrita también aquella con escuetas palabras en el Evangelio de Mateo y en el curso de los siglos innumerables veces representada en oriente y en occidente. A esta imagen se le añaden muchísimas otras, que llegan casi a diario de muchas partes del mundo, trazando los contornos trágicos de una auténtica cuestión planetaria, la de las emigraciones forzadas.

Fenómeno recurrente y mutable en el curso de los siglos, en la segunda mitad del siglo XX los flujos migratorios se han hecho más dramáticos e imponentes como consecuencia de los conflictos, hasta el punto de inducir a las instituciones internacionales a movilizarse y a instituir organismos especializados. En este escenario, dramático en diversas partes del mundo, la Santa Sede intervino sobre todo con la constitución apostólica Exsul familia de 1952.

A este texto de referencia —que se abre indicando precisamente en el destino de la familia de Nazaret la de cada persona obligada a huir de la violencia— le han seguido muchas intervenciones y medidas. Todas orientadas a sostener el empeño de muchísimos católicos y cristianos para quienes la parábola del buen samaritano sigue siendo «criterio de medida», como escribió Benedicto XVI en su primera encíclica y ha mostrado al mundo el Papa Francisco en distintos modos: eligiendo Lampedusa como meta de su primer viaje, anunciando la visita al centro Astalli de Roma y denunciando repetidamente el crimen de la trata de personas, «la esclavitud más extendida» de este siglo.

Un empeño irrenunciable para la Iglesia, repite ahora el documento Acoger a Cristo en los refugiados y en las personas forzadamente desarraigadas de dos consejos pontificios (el de la Pastoral para los inmigrantes e itinerantes, junto a Cor unum) publicado el pasado junio. Para afrontar una cuestión de dimensiones mundiales y destinada a extenderse en las próximas décadas, que requiere cada vez más el compromiso mundial y la acogida de las comunidades cristianas.
G.M.V.

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