jueves, 20 de marzo de 2014

«El Reino de Dios está cerca, convertíos…»

Cada cuaresma constituye una nueva oportunidad para convertirnos. A través de la liturgia, los actos de piedad, la oración, la penitencia y las obras de misericordia podemos seguir limando las asperezas que dificultan la autenticidad de nuestro compromiso cristiano, dejándonos seducir por la voz del Señor que nos invita a participar de su Reino. Jesús proclamaba la llegada de este Reino llamando a la conversión y a la fe en la buena noticia de la salvación (Mc 1, 15). En este sentido, podríamos tener en cuenta para el proceso de conversión relativo a la cuaresma la consideración de los valores que definen el Reino de Dios, inaugurado por Cristo y continuado hoy por la Iglesia. Estos valores podemos encontrarlos en el prefacio de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo en el que se nos dice  que es el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

El Sermón de la Montaña. Carl Heinrich Bloch
El reino de la verdad. Dios es la Verdad misma, no nos engaña, y ha dado testimonio de la misma en el misterio de su Hijo unigénito (Jn 18, 37), a través de su persona, de su palabra y de sus obras. El cristiano es amigo de la verdad y no de la mentira, la hipocresía, la simulación o la apariencia. Contra el relativismo que conduce al sinsentido y a la inseguridad necesitamos reconocer la objetividad y universalidad de la verdad. No podemos lavarnos las manos como Poncio Pilato relativizando la verdad. La verdad sobre Dios y sobre el hombre, sobre el mundo y cualquier ser se nos ha manifestado en Jesús. El mundo necesita testigos de esta verdad, pero testigos que de verdad se crean la autenticidad de la misma. Para ello, evidentemente, hemos de rehuir de la mediocridad de la tibieza de nuestra vida. La mentira, pecado mortal, se manifiesta cuando no somos fieles a la verdad. Lo más grave de esto es que algunos incluso llegan a creerse su propia mentira, prefiriéndola a la verdad y contagiando de la misma a los demás.

El reino de la vida. El mundo de hoy nos desconcierta con realidades tan inhumanas y contrarias a la vida como pueden ser el aborto, la eutanasia, la violencia, los abusos, la explotación humana, el hambre o la pobreza. El Reino de Dios, sin embargo, descubre el valor de la vida como un don de Dios que se ha de custodiar, defender y promover. Los cristianos hemos de reconocer el valor incuestionable de la vida desde su concepción hasta su ocaso. Pero también hemos de pensar y actuar ante situaciones injustas que atentan contra la dignidad humana en todas sus etapas. Un ataque directo a la vida humana es la omisión ante el hambre de gran parte de la población mundial, la pobreza extrema de tantas familias, el cuerpo como objeto de venta y de explotación, la respuesta violenta y desmedida ante la inmigración, etc.

El reino de la santidad. Jesús nos llama a ser santos como su Padre celestial es santo (Lc 6, 36). Todos estamos llamados a ser santos, y la santidad se vive sin aspavientos, desde la humildad y en la cotidianeidad. El santo es la persona buena que pasa por el mundo haciendo el bien, la persona honrada que cumple con sus obligaciones, el justo que teme a Dios y ama sus preceptos, que es generoso y rico en misericordia, que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En este sentido, el santo es el que descubre la vida, el trabajo, el estudio, la familia, el matrimonio o la consagración como un medio real para alcanzar la santidad, santificándose a sí mismo, a los demás y al mundo. Los cristianos hemos de recordar que los sacramentos son fundamentales para esta santificación, como también lo son la oración y el ejercicio de la caridad.

El reino de la gracia. El cristiano sabe reconocer que todo lo bueno que nos ocurre y que conseguimos en la vida, al fin y al cabo, es gracia de Dios. El cristiano no es arrogante, engreído o soberbio, aquel que piensa que todo se lo debe a sí mismo. El que descubre la gracia de Dios se hace más humilde, confiando en su misteriosa providencia. En un mundo repleto de altanerías, arrogancias y vanas pretensiones hemos de ser más humildes. Dios, precisamente, nos ganó para sí a través de la humillación de su hijo. Los primeros puestos en el Reino de Dios son para los que se empequeñecen ante Él. Jesús no alardeó de su categoría de Dios, sino al contrario, se hizo uno de nosotros y nos rescató a través de su anonadamiento y muerte en cruz. Como también María, la mujer más grande de la historia de la humanidad, se hizo la más pequeña ante Dios, haciéndose su sierva y proclamando la misericordia que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. La humildad y la confianza, pues, posibilitarán una mejor percepción y recepción de la gracia de Dios.

Reino de la justicia. Ciertamente, la primera injusticia experimentada por el ser humano fue causada por él mismo: el pecado original, lo cual supuso una ruptura con Dios, con la humanidad y con la creación. No obstante, la historia de la salvación manifiesta la insondable misericordia de Dios que nos ha justificado, nos ha reconducido a Él a través de su hijo Jesucristo que es el justo por excelencia, aquel que sin haber cometido pecado alguno nos rescató del pecado y de la muerte. Ayudados y animados por esta justificación hemos de reconocer las huellas del pecado en nuestra existencia, acudir a la misericordia de Dios y fomentar las virtudes que nos hagan justos. Pero también hemos de caer en la cuenta de que nuestra fe no se puede separar del compromiso por un mundo más justo. La justicia social comienza por el respeto de la dignidad de la persona humana, la equidad y la solidaridad. En estos duros tiempos de crisis económica apreciamos valores y derechos humanos que antes parecían ajenos a nuestras preocupaciones. El dolor y las injusticias sufridas por tantas personas nos hacen más misericordiosos y compasivos, como el Señor se compadeció de nuestras dolencias y miserias.

Reino de amor. La noche de su pasión, antes de ser entregado por Judas, el Señor nos abrió el corazón y reveló su mayor deseo para con nosotros: que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado (Jn 15, 12). Dios, porque es amor, por amor, creó todo lo que existe, salió de sí mismo y se nos dio en Jesús, murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó para concedernos la vida eterna, derramó en nuestros corazones el Espíritu Santo para hacernos hijos suyos y nos llamó a participar de su vida divina. El amor vence nuestro egoísmo y nos conduce al encuentro con Dios y con los demás. Pidámosle al Señor la gracia de experimentar su amor para así hacernos servidores de los demás, como él se hizo de nosotros hasta el extremo.

Reino de paz. En un mundo tan violento el cristiano ha de ser mensajero de la paz. Cristo nos deja su paz y quiere que también nosotros se la transmitamos al mundo. Nuestras comunidades han de ser fermento de paz para nuestros pueblos, barrios y ciudades. Sin embargo, en muchas ocasiones, como humanos y pecadores que somos, nos convertimos en todo lo contrario. Caemos en la crítica fácil, generamos polémicas, desencuentros, rencillas y enemistades. Nos cuesta descubrir lo positivo que hay en los demás, nos falta paciencia y caridad fraterna. Esperamos que el otro cometa el más mínimo fallo para señalarlo y enjuiciarlo. La cuaresma, en este sentido, es un momento propicio para la reconciliación, la superación de viejos rencores y de tendencias falazmente destructivas.

Queridos hermanos, convirtámonos en auténticos colaboradores del Reino de Dios en medio de nuestro mundo. Entonces la cuaresma habrá dado su fruto en nosotros y habremos muerto con Cristo para resucitar con él como criaturas nuevas.
Que Dios os bendiga.

Rvdo. Sr. don Álvaro Román Villalón
Párroco de Sta. María Magdalena y Director Espiritual
Publicado en el Boletín de la Hermandad. Marzo 2014

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