martes, 22 de marzo de 2011

La fuerza que no cesa


Muchos hermanos nos hicimos eco en los meses de enero y febrero del ciclo de conferencias programado por nuestra hermandad, acudiendo, pues, fieles  a dicha cita, con mucha expectación y no menos ilusión, por lo novedoso del experimento. Y hete aquí que ello derivó en una pequeña alegría, de esas aparentemente intrascendentes a vista de pájaro, pero densas en su significado y de alto voltaje anímico si se digieren despacio, como es a una buena añada un paladar perspicaz.
Aquella conferencia fue ese insignificante pero gran motivo de gozo. Veréis; normalmente, como cofrades, estamos  acostumbrados a relacionarnos y a reconocernos en los espacios y en las fechas de siempre: en San Roque, en los cultos, en las convivencias, almuerzos de hermandad, comidas de costaleros y demás  coartadas gastronómicas, los preparativos a la estación de penitencia, ésta misma y un no muy extenso etcétera de actos y ocasiones, donde damos rienda suelta a lo mejor que llevamos dentro, y así, con nuestro trabajo y con nuestras actitudes, nos enriquecemos nosotros, enriquecemos a los demás y, en última instancia, que es de lo que se trata, enriquecemos a nuestra querida hermandad.  Por ello, la convocatoria del mencionado ciclo de charlas supuso en sí un acierto, y vino a representar un eslabón más en esa ilusionante cadena que no cesa como es la construcción permanente y la depuración constante del concepto de HERMANDAD.
Pues, ¿quién dijo que no es posible que la fe dialogue con la razón? ¿Acaso alguien puede sustraerse a la posibilidad de seguir formándose, de ampliar horizontes de conocimiento, de testimonios, de experiencias? Siento desilusionar a aquellos que piensan que la noción de hermandad huele a alcanfor de ropero de abuela, que no tiene nada que aportar a la modernidad, que se ha quedado en un juego de la señorita Pepis para cuatro capillitas trasnochados.
Les recomiendo encarecidamente que acudan a dichas conferencias (pues espero que se programen muchas más) como disfruté yo esa  tarde de febrero, y percibirán al menos el esfuerzo de una hermandad en no quedarse en lo previsible; intuirán las ganas y el ímpetu de unos cofrades que indagan en el aprendizaje, que se abren a otros contenidos, a iniciativas nuevas  que ayudan a robustecer con savia nueva al centenario árbol de la hermandad del Santo Entierro. Y es que nosotros, como depositarios efímeros del legado de instituciones de más de 500 años como son las cofradías, es nuestro deber transmitirlas a las generaciones siguientes con más fuerza y solidez si cabe, asegurando así su supervivencia en la Historia.
Era edificante ver repleta de gente la sala capitular, atestada de una variopinta amalgama de hermanos, actualizando la razón de ser de nuestra condición de pingüinos, que no es otra que HACER MÁS HERMANDAD con mayúsculas. Se mezclaron la experiencia con la juventud, costaleros con grupo joven, la bisoñez y con la vetustez, hombres y mujeres, mayores y pequeños, amigos de otras hermandades, etc. y he ahí lo novedoso, todos unidos, sentados, en silencio, atentos durante dos horas a unas palabras que nos hablaban de arte, de cultura, de formación, de conocimiento. Pues las hermandades no somos únicamente un fenómeno cultural, un objeto de estudio de la Antropología, una atracción rentable para la industria del Turismo o una pieza delicadísima de antigüedad en el estético tablero de la Semana Santa barroca sevillana. Somos algo de eso, pero también algo más, que es lo más importante y lo que mejor nos define, es decir, SOMOS IGLESIA. Y también somos hijos del siglo XXI y aún con nuestras contradicciones e hipocresías, tenemos mucho que decir al mundo de hoy, a ese mundo vertiginoso de las redes sociales y de youtube, pero también cargado de descreencia y de consumismo. Así nos lo exige nuestro tiempo, así nos lo pide la Iglesia.
Ese es el apasionante reto que planea sobre mi hermandad hoy, y ¿saben una cosa? Estoy orgulloso de pertenecer a ella.
Romualdo Jiménez Maldonado 
Publicado en el boletín de la Hermandad

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